| ROSAS
AMARILLAS
por Alan-h
Entre el día
y la noche, camina la princesa vestida de negro. Mirando
fortuitamente al cielo que ya deja ver suavemente la luna
en un amoroso relevo con el sol que sucede cada día.
Mirando al suelo de tierra aparentemente desierto de vida.
Viendo la punta de sus pies en un vaivén provocando
el lento avance a ningún sitio. Agua de ojos que
cae por la mejilla, y como gota de rocío se hunde
en el sendero caminado.
Viento templado
que mueve las ropas. Ropas negras y negro el pelo que
apenas deja ver el rostro. Sin un destino camina la princesa
vestida de negro. Sin un destino, pero caminando va.
¿Donde
está el secreto del sendero? ¿Donde llega
su otro fin? ¿Qué misterios emocionantes
contiene? ¿Ninguno quizá? ¿Para qué
andar entonces?
La piedra que
no se ve hace que el pie que anda tropiece. Cerca del
suelo un papel. En letra pequeña, miles de fábulas
que hablan de la vida y de un camino. Fácil recurso
pero acertado ejemplo que tantos usaron.
Dos opciones
contempla la princesa vestida de negro: quedarse tirada
en el suelo de un camino sin emociones, o caminar a pesar
de todo.
Dicen que hay
lobos con piel de cordero. Dicen que hay corderos con
gesto de lobo. La tierra sin vida aparente, pero mira,
mirando al suelo camina la princesa vestida de negro.
Algo parece
una trampa. Un agujero que sus pies esquivan. Nada dentro.
Cien pasos alante una voz sale del suelo. Un pozo a ras
del camino donde un ser no lo alcanza con sus manos desde
dentro.
- Ayudame! Alcanzame
tu mano - Grita.
De rodillas,
deja ver su mano de piel blanca. Extiende el brazo cubierto
de oscuro, y el ser sale.
- Gracias. Iba
algo ligero y no vi este pozo. Es algo profundo y no alcanzaba
con mis manos para salir. Pero no te preocupes, no es
la primera vez que me caigo. Estos pozos profundos son
más jodidos, porque normalmente he de esperar a
alguien que pase para que me ayude. Ya, te preguntarás
que qué haría si no pasa nadie. - Sonríe.
- Siempre pasa alguien.
Aparece un niño
corriendo, que saluda y sonríe, y sigue su camino
a toda marcha. El ser ríe.
- Ay! Juventud
divino tesoro. A donde irá con tanta prisa. Bueno,
ya parará cuando descubra lo evidente.
No pregunta
hacia donde se dirige la princesa. Pregunta como está.
Pregunta sin respuesta.
- Bueno, muchas
gracias por todo. ¿Quieres que caminemos juntos
un rato?
Sólo
responde el viento.
- Bueno, cuidate.
Yo he de seguir. - Sonríe - Y cuidado con los pozos,
pero tampoco te obsesiones. Siempre pasa alguien. - Se
aleja... Mira atrás y dice: - Ah! Y no olvides
sonreir, princesa!
Mirando al suelo,
de pie, se halla la princesa vestida de negro. Una lombriz
sale de entre la tierra. Una lombriz se adentra en el
suelo.
Lenta y cabizbaja,
camina la princesa.
Sus pies esquivan
una piedra junto a la que hay un hombre muerto. A dos
mil pasos, sus ojos miran sin pausa un esqueleto dentro
de un pozo, tan poco profundo, que casi está al
nivel del suelo.
Desierto parece
el sendero. Sólo a veces alguien pasa corriendo
y llorando, y corriendo y riendo.
La luna marcha
a su aposentos. El sol bosteza. El camino se vuelve dos
caminos.
Ante el cruce
se detiene la princesa vestida de negro, mirando al suelo.
Una araña en la tierra que se dirige a un lateral
del todavía único camino. Sus ojos la siguen,
y al seguirla, algo más llama su atención.
Se acerca.
Ahí,
en un lateral, pétalos amarillos orgullosos parecen
con el rocío. Cuerpo verde y manos planas. Y si
miras bien, alguien diría que sonríe. Tan
cerca la princesa, de rodillas se posa sobre el suelo.
No hay tierra, o no sólo tierra. Un manto de vida,
de vida verde. Tan bellos pétalos cautivan su mirada.
Pero no es bella la rosa amarilla por sus pétalos,
si no por como huele. Fragancia que no se olvida, como
todo lo que olor bello contiene. Nariz blanca se acerca
y respira, para recordar siempre.
Minutos, horas,
no sabría decir. Mira ahí, sentada sobre
la hierba, la princesa vestida de negro. Si sus cabellos
no existieran, quizá incluso sonríe.
Alguien pasa.
Alguien que pasea. Son dos, sin prisas. Y uno sonríe.
- Hola! Bellas
ropas, aunque algo oscuras. Veo que acabas de descubrir
las rosas amarillas. Una pena que no lo hubieses hecho
antes. Bueno, nunca es tarde. Hasta luego! Y no olvides
sonreir.
Silenciosa,
sentada, la princesa vestida de negro. "¿Antes?"
La nariz blanca gira, y la mirada se dirige al camino
andado. Un camino de tierra, en cuyos laterales, verdes
prados, y rosas amarillas, hasta donde alcanza ver.
La princesa
se gira. Vuelve al principio del cruce. Dos caminos en cuyos
laterales, más verde, más rosas.
Entre el día
y la noche, camina la princesa vestida de negro. Mira
al cielo y descubre a la luna en un amoroso relevo con
el sol que sucede cada día. Absorta, tropieza el
pie con una piedra. Tendida en el suelo apoya sus manos
y se levanta.
Entre el día
apagado y la noche, camina la princesa vestida de negro.
Mira al cielo y descubre miles de estrellas. De pronto
una invisible nube las oculta. Pero no hay problema. Están
detrás, y la nube siempre sigue un rumbo, y siempre
las deja al descubierto tarde o temprano.
Miles de sonidos
brotan. Una lechuza o un búho. El sonido del agua
a lo lejos. Un hombre muerto al lado de una piedra. Un
esqueleto en un pozo poco profundo. En el lateral, hierba.
Y si la mirada se fija bien, miles de rosas amarillas.
Triste parece
a quien mira la princesa vestida de negro. Ahí
va, caminando. Sus cabellos apenas dejan ver su rostro.
Cuando no hay nadie dicen que mira al cielo.
Ahí va
la princesa vestida de negro y en su mano, una rosa amarilla. |